Concierto para piano ofrecido por Juan José Muñoz Cañivano

Concierto para piano ofrecido por Juan José Muñoz Cañivano

Concierto para piano ofrecido por Juan José Muñoz Cañivano el jueves 22 de febrero en el hotel Gran Meliá Don Pepe de Marbella y organizado por la asociación “Amigos de la Música”

Texto y fotos por José Belón de Cisneros.

Concierto para piano ofrecido por Juan José Muñoz CañivanoEl año transcurre con rapidez, los meses pasan y, sin darnos cuenta, llegamos a la segunda convocatoria de los Amigos de la Música en este 2018.

Después de varios conciertos de cámara (el último, con los integrantes del Cuarteto Martinú) apetecía volver al instrumento solista por antonomasia, el piano. Sobre todo, por aquello de que en la variedad está el gusto y porque, de entre todos los intérpretes de este maravilloso instrumento, pocos hay tan preparados como Juan José Muñoz Cañivano.

El señor Muñoz ya es un veterano de las salas de concierto, dentro y fuera de España. Ha demostrado su talento en el extranjero (Salzburgo, Praga) y en casa (Úbeda, Granada, Barcelona) y, a pesar de una agenda de lo más apretada, es un honor que haya encontrado un hueco para dejarnos la impronta de su paso por Marbella.

Bajo el título de “Del romanticismo en Europa a la música popular de América” se escondía un programa de lo más ambicioso: una síntesis de lo más granado (Chopin, Schumann, Grieg) que salió del Siglo XIX y algunos de los nombres más representativos de la música del Sur (Ramírez, Lecuona) y del Norte (Gershwin) americanos.

Siempre se agradece que los dos primeros Nocturnos de los tres que conforman el Opus 9 de Chopin no sean interpretados de manera rutinaria. Al contrario, fueron ejecutados con un tempo más relajado de lo habitual, con una voluntad de experimentar cada acorde y cada sonido, sin perder de vista una realidad inapelable: que la obra de Chopin es, por encima de todo, un océano de sentimientos.

Las miniaturas de Papillons (Opus 2 de Schumann) recibieron un tratamiento que mezclaba un cierto heroísmo, tan caro a su autor, con una clara intención lúdica, cuyo caleidoscopio de impresiones hizo recordar al piano de Debussy. De la misma forma, las dos piezas de Grieg sonaron más a Ravel o a Satie que al mundo escandinavo del compositor noruego; tal es el sentido anticipatorio del músico que firmó el Peer Gynt.

Muy al contrario, Alfonsina y el Mar, esa especie de delicioso poema sinfónico para piano firmado por el maestro Ramírez, le fue insuflado un intenso sentido de lo dramático que no reñía en ningún momento con la belleza más delicada. Y las encantadoras piezas de Lecuona revelaron su deuda más íntima con la música española.

El final me pareció muy apropiado, una reducción para piano de la celebérrima Rapsodia en Blue con todas las contradicciones de la obra maestra de Gershwin: una composición poética que evoca los ruidos y el frenesí de Nueva York, la pugna del jazz loco de los años veinte con el sinfonismo a lo Rachmaninov y la constatación de que un artista de Music Hall podía medirse con las grandes figuras de la música clásica contemporánea.

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